La rotura de la primera bolsa fue calurosa. El agua conservaba algo del hervor original que se esparció para desaparecer entre las sábanas. Mis pies sintieron la tibia caricia que luego sonó a cachetada, con esa humedad fría subiendo desde el colchón. Me fui al otro lado de la cama tendido y helado al primer contacto pero que de a poco fue absorbiendo temperatura de mi piel. Finalmente me dormí.
La segunda vez desperté con frío en todo el cuerpo. El sueño me había distraído de la pequeña rotura que goteando me empapó las piernas y el camisón. Me levanté de la cama, me cambié la ropa y prendí el secador para intentar secar el lado húmedo del colchón. Después volví a acostarme.
La tercera vez fue ayer. La bolsa era nueva, no tenía más de dos noches en mi cama, el plástico conservaba esa firmeza del material reciente y el olor intenso a polietileno. No es que fuera particularmente encantadora; simplemente servía para dar calor. Poco duró el servicio porque a la tercera noche una abertura que se avizora apenas al lado del cierre de rosca –y engaña porque uno cree que lo que pasa es que no cerró bien el tapón, pero no: es un pequeño y despiadado agujerito que deja salir el agua que prolijamente se acomoda en un solo charco sobre el colchón. Esta vez no me levanté de la cama. Sin abrir los ojos, manoteé la bolsa y la tiré al piso. Moví los pies hacia un lugar seco –ya no tibio- y volví a dormir. Al despertar vi al lado de la cama al resto del agua sobre el parqué de madera. Limpié con un trapo el piso. A la bolsita me dió no se qué tirarla porque parece nueva.
Mostrando las entradas con la etiqueta Periquete. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Periquete. Mostrar todas las entradas
lunes, julio 19, 2010
viernes, julio 09, 2010
Un montón de cosas rotas
Las caravanas nuevas se me rompieron el día del portazo y la puerta capaz que también se estropeó. Desde entonces todo se hace pedazos: se me enganchó la uña con la media y se rompió, primero la uña, después la media. La olla ya no aguantó ser quemada al fuego y se agujereó. Tampoco la bolsita de agua caliente resistió el calor. Ahora gotea. Todo está estropeado. Sin embargo, las dos copas están ahí, detrás de la puertita de madera y vidrio que las protege, aparentemente intactas sobre el estante del mueble del comedor. Pero su permanencia es una ilusión. Los cristales podrían desparramarse ahora mismo. Sin embargo, siguen crujiendo de pie y se siguen partiendo de a poco en pedacitos más y más diminutos que esperan agarrados de la nada a que les llegue el momento de caer.
Etiquetas:
Periquete
jueves, julio 01, 2010
Siesta con llavero
Es así
uno está
permanece
espera
y, mientras tanto,
sigue estando.
De tanto esperar
a veces,
se te cierran los ojos.
Y a veces,
cuando los abrís
no hay nada.
Ahí uno se levanta,
se va
y tranca.
uno está
permanece
espera
y, mientras tanto,
sigue estando.
De tanto esperar
a veces,
se te cierran los ojos.
Y a veces,
cuando los abrís
no hay nada.
Ahí uno se levanta,
se va
y tranca.
Etiquetas:
Periquete
miércoles, junio 30, 2010
En busca de la palabra
Cuando llegó el momento de tirar alguna palabra fui hasta el borde de la cantera y empecé a empujar con fuerza a la letra T. Apoyé todo mi cuerpo sobre el sombrero recto de la te, y conteniendo la respiración para no desperdiciar ni un poquito de fuerza empujé y empujé. Avancé algunos pasos pero di un traspié y la T quedó tambaleando con la mitad del techo colgando y la columna orgullosa y recta balanceando a modo de palanca. Entonces me tiré al piso y con las piernas di dos o tres patadas hasta que en su balanceo la letra se inclinó más hacia el vacío donde se desbarrancó. La escuché tronar, estremecerse, triturarse, crepitar. Me puse de pie y me asomé para mirar. Sobre la tierra arenosa había una L seguida de un montón de puntitos suspensivos.
Etiquetas:
Periquete
miércoles, mayo 26, 2010
Aum
Siempre vuelvo a la peluquería, sobre todo cuando ando con mucha cosa en la cabeza. Pero hoy mi intención era empezar la clase de yoga, una variedad desconocida por mucho tiempo que ahora enseñan en Pocitos y que te hace meditar, desestresarte, centrarte, equilibrarte, armonizarte. Una cantidad de beneficios que superan a la peluquería. Me vestí lo más de blanco que pude, me compré una botellita de agua sin gas en el camino y llegué a la puerta de la clase. Cinco minutos tarde. Suficientes para ver a través del vidrio de la puerta cerrada a varias personas sentadas en un salón del fondo –que tenían mucha más ropa blanca que yo- sentadas, en postura de loto, con la espalda derecha, un dedo que parecía apuntar a la nariz, mientras el resto de la mano yacía como si estuvieran haciendo burlas. Toqué el timbre pero nadie apareció. La clase continuaba y no parecía haber nadie fuera de ese salón. Llegaron dos chicas jóvenes directo a poner el dedo en el timbre. Sonó, pero no dio resultado. Nos saludamos, todas íbamos por primera vez. Decidimos esperar un ratito sin tocar más el timbre para no ser impertinentes, y finalmente nos resignamos. La primera lección de yoga estaba dada.
Salí caminando para casa y vi una peluquería abierta. A falta de respiración y meditación me pareció lo mejor que pude encontrar por el camino, así que entré. Pregunté si aún atendían porque no había clientes y parecía ya hora de irse a casa. Me dijeron que pasara. Fui directo a las piletas, me saqué la campera y la coloqué sobre una silla. Me senté y recosté la cabeza hacia la pileta sosteniendo mi cartera entre las manos. Me entretuve con el agua caliente que caía por mi cabeza, los pequeños masajes que sacudían los pensamientos y otros asuntos vinculados a cuestiones capilares. Me secaron el pelo rápidamente, y con las canas limpias, secas y peinadas me aboqué a elegir un shampoo. Estuve un rato dando vueltas hasta que al final elegí un par. La peluquería había surtido efecto y me sentía mucho más relajada y tranquila al punto de estar realmente interesada en profundizar en las diferencias existentes entre las marcas de shampoo. La peluquera probablemente estaba más nerviosa porque me animó a irme con esos shampoo y cambiarlos cuando quiera. Salí sujetando la bolsita con frascos en una mano y con la cartera colgando del brazo. Caminé dos cuadras sintiéndome muy liviana. Tan liviana que sólo el frío de la noche me hizo reaccionar. Había olvidado la campera sobre la silla de la peluquería. Volví sobre mis pasos las dos cuadras y llegué a una reja baja que protegía la puerta de vidrio cerrada del local. Adentro sólo luces apagadas, las sillas vacías, con los secadores recostados en un gancho, y en el fondo la pileta que apenas alcanzaba a distinguir en esa oscuridad. Volví a casa sin apuro, sin campera pero con mucha tranquilidad.
Salí caminando para casa y vi una peluquería abierta. A falta de respiración y meditación me pareció lo mejor que pude encontrar por el camino, así que entré. Pregunté si aún atendían porque no había clientes y parecía ya hora de irse a casa. Me dijeron que pasara. Fui directo a las piletas, me saqué la campera y la coloqué sobre una silla. Me senté y recosté la cabeza hacia la pileta sosteniendo mi cartera entre las manos. Me entretuve con el agua caliente que caía por mi cabeza, los pequeños masajes que sacudían los pensamientos y otros asuntos vinculados a cuestiones capilares. Me secaron el pelo rápidamente, y con las canas limpias, secas y peinadas me aboqué a elegir un shampoo. Estuve un rato dando vueltas hasta que al final elegí un par. La peluquería había surtido efecto y me sentía mucho más relajada y tranquila al punto de estar realmente interesada en profundizar en las diferencias existentes entre las marcas de shampoo. La peluquera probablemente estaba más nerviosa porque me animó a irme con esos shampoo y cambiarlos cuando quiera. Salí sujetando la bolsita con frascos en una mano y con la cartera colgando del brazo. Caminé dos cuadras sintiéndome muy liviana. Tan liviana que sólo el frío de la noche me hizo reaccionar. Había olvidado la campera sobre la silla de la peluquería. Volví sobre mis pasos las dos cuadras y llegué a una reja baja que protegía la puerta de vidrio cerrada del local. Adentro sólo luces apagadas, las sillas vacías, con los secadores recostados en un gancho, y en el fondo la pileta que apenas alcanzaba a distinguir en esa oscuridad. Volví a casa sin apuro, sin campera pero con mucha tranquilidad.
Etiquetas:
Periquete
martes, marzo 16, 2010
Sin fianza (ciega)
Cuando el aire de la habitación se llenó de fantasmas, de golpe, dejamos de vernos. Una niebla espesa me entró por la nariz y me llenó los pulmones. Me froté los ojos e intenté abrirlos pero no vi. A nadie. No te vi. Quizá saliste por la puerta de la habitación que siempre está abierta. Tanteando con las manos delante de mi cuerpo caminé hasta la ventana y la abrí. Una brisa fresca me devolvió algo de eso que se va contigo cuando tu sonrisa no está. Me quedé un rato ahí sin abrir los ojos. Escuché al viento empujar despacio el agua que con ruidos tímidos apenas se acercó a la casa. Cuando me animé y miré te vi en el muelle con los brazos en alto, haciéndome señas. Tenías las manos llenas de hollín y el buzo tapado de ceniza. En el bote quedaban unas cuantas astillas. Miré al otro lado del lago y contemplé una humareda blanca y espesa que desaparecía entre las nubes.
Etiquetas:
Periquete
miércoles, marzo 10, 2010
Página nueva
Llegaron las 12 y nada ocurrió. Los zapatos seguían apretándome los pies, el vestido arrugándose y mi cara no era más plebeya que un minuto antes, tampoco, claro, era más azulada. Era la misma yo pero vestida de fiesta. Me irritó un poco la pequeña desilusión, hasta que me di cuenta que la noche continuaba. No había página escrita que me dijera el final. Entonces me descalcé, doblé con cuidado el vestido y descansé sobre la página en blanco.
Etiquetas:
Periquete
viernes, febrero 26, 2010
Conjuro contra la mala onda
El quejido sonó igual que la uña o la tiza contra el pizarrón negro de la escuela. Cerré los ojos como si dejar de ver por un momento aliviara el peso de las bolsas de harina que se me cuelgan de los hombros cada vez que la escucho quejarse. Apreté los ojos y me fui al costado del laguito, a mirar las bolsas de harina convertidas en nubes, a respirar dulzura de abeja, a caminar contigo.
Respiré hondo y volví. Abrí los ojos y vi las palabras sin entonación que decían que no había razón para lamentar. La miré sin compasión. Con algo de hastío. Y un poco de rabia. Puse las manos sobre mis hombros y me prendí de los nudos con formas de moña que tienen las bolsas en las puntas. No me despedí. La miré a los ojos mientras las bolsas se elevaron y me llevaron con ellas hacia el azul donde son nubes y las uñas no llegan.
Respiré hondo y volví. Abrí los ojos y vi las palabras sin entonación que decían que no había razón para lamentar. La miré sin compasión. Con algo de hastío. Y un poco de rabia. Puse las manos sobre mis hombros y me prendí de los nudos con formas de moña que tienen las bolsas en las puntas. No me despedí. La miré a los ojos mientras las bolsas se elevaron y me llevaron con ellas hacia el azul donde son nubes y las uñas no llegan.
Etiquetas:
Periquete
domingo, enero 31, 2010
La muralla
Sus labios se separaban, se juntaban, se apretaban, se relamían en busca de un poco de humedad para amainar la resequedad que le daba despedir tanto aire para largar sonidos que caían en cada exhalación a nuestro alrededor en forma de letras que se acomodaban erguidas unas al lado de las otras. Palabras.
Dejé de mirar sus labios porque la muralla de palabras fue creciendo alta, altísima, tanto que me tuve que alejar para leer lo que decía. Caminé hacia atrás, me giré, le di la espalda y empecé a correr. Cuando llegué a la esquina, giré apenas la cabeza y vi a un perro que se acercaba a la muralla. Me detuve y lo vi levantar una pata para despedir el calor amarillo de la necesidad sobre todas sus palabras. Sonreí y seguí caminando sin mirar atrás.
Dejé de mirar sus labios porque la muralla de palabras fue creciendo alta, altísima, tanto que me tuve que alejar para leer lo que decía. Caminé hacia atrás, me giré, le di la espalda y empecé a correr. Cuando llegué a la esquina, giré apenas la cabeza y vi a un perro que se acercaba a la muralla. Me detuve y lo vi levantar una pata para despedir el calor amarillo de la necesidad sobre todas sus palabras. Sonreí y seguí caminando sin mirar atrás.
Etiquetas:
Periquete
martes, enero 05, 2010
Untitled thoughts
Las afirmaciones a veces son una excusa para acercarse a un tema. Es decir, son una manera de abordar el mundo y la realidad –incluso la realidad de la ficción. También son un punto de descanso del pensamiento. Por eso, cuando digo: para Analía el mundo desconocido es un espacio tan grande como el del mundo que conoce, estoy resumiendo un texto muy largo que estoy dejando decantar.
Al mismo tiempo, se me ocurre que Montevideo me mata va llegando a alguna suerte de final, mientras se acerca una vida sin mi tía –aunque sigue rezando y esperando vivir hasta que yo me case- y lejos de la rambla de Montevideo.
Es tiempo de cambiar.
Al mismo tiempo, se me ocurre que Montevideo me mata va llegando a alguna suerte de final, mientras se acerca una vida sin mi tía –aunque sigue rezando y esperando vivir hasta que yo me case- y lejos de la rambla de Montevideo.
Es tiempo de cambiar.
Etiquetas:
Mi tía,
Mi ventana a Montevideo,
Periquete
viernes, enero 01, 2010
El lugar de la poesía (un primero de enero)
Quiero empezar a decir algo sin afirmar pero no me sale. Sugerir parece menos sincero porque ese algo se acerca a una convicción, no obstante el cambio de estación o las dos lunas llenas o quien sabe que otro sonido que se detenga en mi árbol, vaya a moldear el pensamiento que se volverá otro tan firme como éste que no se quiere formular. Y de esto se trata quizá, de no declamar porque no es en la entonación, en la voz alta de quien lee un texto con quiebres de emoción, en las pausas que el lector otorga a palabras solitarias, en la cantidad de veces que sean repetidas las frases, o en los silencios y miradas que el lector dedica a su audiencia, sino en la invisible vida del texto desnudo sobre cualquier soporte donde obstinadamente voy a buscar poesía.
Etiquetas:
Periquete
domingo, diciembre 20, 2009
Polución
Cierro los ojos para escuchar a las hojas inquietas del árbol pero la computadora grita más. Ahora chillan algunos pájaros que se suman al sonido cada vez más alto e impertinente de la máquina. Las hojas callaron. Entonces retomo el esfuerzo diario por ignorar lo grotesco para seguir el diálogo con el viento. Cada tanto asoma el murmullo suave de los árboles y me levanta de la silla. Camino quebrando hojas secas hasta el árbol que me abraza con olor a eucaliptus. Entonces trepo apretada al tronco para estirarme hasta la primera rama y hago fuerza con los brazos, subo un pie y lo engancho por la rodilla en la rama. Levanto el cuerpo y descanso. Un susurro me da la bienvenida.
Etiquetas:
Mi ventana a Montevideo,
Periquete
sábado, noviembre 14, 2009
"Un final feliz"
Agarré uno de los libros que me regalaron para mi cumpleaños 40 y él me agarró a mí. Nos devoramos en dos días y aquí me quedé un poco impresionada porque creo en eso de que las lecturas llegan cuando uno las necesita, y deseo no necesitar tanto de lo que da esta lectura.
Me atrajo cuando leí que se trataba del fin de una terapia. De un final feliz. De una mujer que luego de haber realizado terapias psicoanalíticas –es rioplantense- intenta una terapia lacaniana. Y consigue terminar la terapia, llegar a ese final feliz. Con ganas de meterme directo en la historia, me salteé el prólogo.
La protagonista trabaja en medios, es escritora, es fotógrafa, y es quien escribe. Junto a la terapia lacaniana se encuentra con el desconcierto de sí misma y aprende la plenitud. Vive. Se desaprende cuando se desprende de los discursos que la construyen y descubre que la historia no está en encontrarse sino en perderse, en olvidarse de todos esos discursos repetidos que a una la ubican en un lugar determinado, fijo. Despegarse de la neurosis cuesta no sólo porque es cómodo moverse en los discursos conocidos, aunque sea tremendamente limitante, sino también por los demás que esperan que uno actúe de acuerdo a ese libreto compartido. Abandonar lo conocido desconcierta. Además, por más que se deje atrás un personaje repetido, dejarlo ir implica un duelo.
Entonces la protagonista aprende a vivir. Incluso cuando le descubren un cáncer, vive. Le sacan una teta y ella emana sensualidad. Vive. Va a quimioterapia tostada, con un top y toda pintada. Se rehúsa a ser víctima. Se separa de las miradas estigmatizantes de los demás. Vive con plenitud. Y muere con 40 años.
Esta última parte me impresionó y volví al prólogo. Googlée a la autora para saber más de Gabriela Liffschitz de quien nunca había escuchado hablar. Así descubrí que es un libro póstumo. Por más que la solapa del libro lo dice, no lo entendí hasta el final.
De sus fotos en la Web
Nota de Página 12 a pocos días de su muerte en febrero de 2004
Gabriela Liffschitz. Un final feliz (relato sobre un análisis) Ed. Eterna Cadencia (2009. 1a ed. 2004)
PD: Debí decir terapias psicoanalíticas freudianas, aunque en el Río de la Plata, psicoanálisis y psicoanálisis freudiano son casi sinónimos.
Me atrajo cuando leí que se trataba del fin de una terapia. De un final feliz. De una mujer que luego de haber realizado terapias psicoanalíticas –es rioplantense- intenta una terapia lacaniana. Y consigue terminar la terapia, llegar a ese final feliz. Con ganas de meterme directo en la historia, me salteé el prólogo.
La protagonista trabaja en medios, es escritora, es fotógrafa, y es quien escribe. Junto a la terapia lacaniana se encuentra con el desconcierto de sí misma y aprende la plenitud. Vive. Se desaprende cuando se desprende de los discursos que la construyen y descubre que la historia no está en encontrarse sino en perderse, en olvidarse de todos esos discursos repetidos que a una la ubican en un lugar determinado, fijo. Despegarse de la neurosis cuesta no sólo porque es cómodo moverse en los discursos conocidos, aunque sea tremendamente limitante, sino también por los demás que esperan que uno actúe de acuerdo a ese libreto compartido. Abandonar lo conocido desconcierta. Además, por más que se deje atrás un personaje repetido, dejarlo ir implica un duelo.
Entonces la protagonista aprende a vivir. Incluso cuando le descubren un cáncer, vive. Le sacan una teta y ella emana sensualidad. Vive. Va a quimioterapia tostada, con un top y toda pintada. Se rehúsa a ser víctima. Se separa de las miradas estigmatizantes de los demás. Vive con plenitud. Y muere con 40 años.
Esta última parte me impresionó y volví al prólogo. Googlée a la autora para saber más de Gabriela Liffschitz de quien nunca había escuchado hablar. Así descubrí que es un libro póstumo. Por más que la solapa del libro lo dice, no lo entendí hasta el final.
De sus fotos en la Web
Nota de Página 12 a pocos días de su muerte en febrero de 2004
Gabriela Liffschitz. Un final feliz (relato sobre un análisis) Ed. Eterna Cadencia (2009. 1a ed. 2004)
PD: Debí decir terapias psicoanalíticas freudianas, aunque en el Río de la Plata, psicoanálisis y psicoanálisis freudiano son casi sinónimos.
sábado, noviembre 07, 2009
Espejos
Cumplir 40 tiene algo de reconciliación con uno mismo. Te acercás con cierto temor a esa sensación de llegar a no sé dónde en ese momento en que todos los cronómetros que estaban palpitando se detienen. Hay un hombrecito sin rostro y con el cuerpo encogido que está apostado al lado de un camino, y en ese momento cuarenta detiene el reloj y te clava la mirada. Bueno, ahora estoy en no sé dónde; con ese hombrecito que sigue ahí, inmóvil. Lo miro y desvío los ojos y lo que veo al intentar evitar la mirada del hombre encogido, son cientos de miles de espejos. Los hay rotos, y duelen un poco, otros brillan, y algunos se asoman debajo de una tela. Muchos son conocidos y previsibles.
(Interrupción: suena el teléfono. Es mi tía que se quiere disculpar porque no va a ir a mi cumpleaños porque se cansa mucho. Dice que no quiere estorbar. Le digo que no molesta, pero que si no quiere ir que no se preocupe porque sé que me desea un feliz cumpleaños. Mi tía exclama: “¡Ay sí! ¡Un feliz cumpleaños y un novio!!”. Lo que tengo que hacer es que rezarle a San Antonio –sigue diciendo- porque si me ha encontrado dos o tres cosas que se me han perdido, podrá encontrar un novio para vos. Pero vos tenés que ayudar, me increpa. Bueno, tía, vos rezá, le digo, a ver si eso la deja tranquila y la desanima en el impulso de tomar otra clase de medidas como intentar averiguar la vida del vecino que se mudó solo a su edificio, o preguntarle al rematador de cuadros, que le encanta para mí, si tiene hijos, en un intento por deducir si está casado).
Estaba con los espejos previsibles cuando sonó el teléfono. Cuando colgué seguían ahí. Igual que el hombrecito. Encontré algunos espejos borroneados, muy livianos, que cuando los miré desaparecieron. Eran sombras que había que dejar ir. Seguí caminando entre los espejos, aliviada, y sentí una cierta gratitud hacia el hombrecito. Me acerqué con curiosidad a uno de los espejos sin descubrir. Sacudí la tela y algo me encandiló, me sacó de no sé dónde y me trajo de nuevo hasta aquí.
(Interrupción: suena el teléfono. Es mi tía que se quiere disculpar porque no va a ir a mi cumpleaños porque se cansa mucho. Dice que no quiere estorbar. Le digo que no molesta, pero que si no quiere ir que no se preocupe porque sé que me desea un feliz cumpleaños. Mi tía exclama: “¡Ay sí! ¡Un feliz cumpleaños y un novio!!”. Lo que tengo que hacer es que rezarle a San Antonio –sigue diciendo- porque si me ha encontrado dos o tres cosas que se me han perdido, podrá encontrar un novio para vos. Pero vos tenés que ayudar, me increpa. Bueno, tía, vos rezá, le digo, a ver si eso la deja tranquila y la desanima en el impulso de tomar otra clase de medidas como intentar averiguar la vida del vecino que se mudó solo a su edificio, o preguntarle al rematador de cuadros, que le encanta para mí, si tiene hijos, en un intento por deducir si está casado).
Estaba con los espejos previsibles cuando sonó el teléfono. Cuando colgué seguían ahí. Igual que el hombrecito. Encontré algunos espejos borroneados, muy livianos, que cuando los miré desaparecieron. Eran sombras que había que dejar ir. Seguí caminando entre los espejos, aliviada, y sentí una cierta gratitud hacia el hombrecito. Me acerqué con curiosidad a uno de los espejos sin descubrir. Sacudí la tela y algo me encandiló, me sacó de no sé dónde y me trajo de nuevo hasta aquí.
lunes, octubre 05, 2009
Volver a los 17
Cuando Mercedes Sosa cantó en el Estadio Centenario de Montevideo, fui al recital junto a varios amigos con entradas para una tribuna allá en lo alto. Ubicados en nuestras localidades nos asomamos a un muro de varios metros que sirve de pared para un corredor por donde caminaba una multitud. Descubrimos a un amigo entre la gente y le gritamos; él se detuvo y entre saludos y otras voces nos animó a bajar. Es decir, nos animó a saltar el muro desde la tribuna al corredor.
Para descender sobre los noventa grados de cemento levanté un pie y después el otro para dejarme colgar pegada al muro. Me sostuve con las manos, prendida del borde, con el cuerpo extendido pegado sobre el cemento liso, pero el muro era muy alto y mis pies no alcanzaban los hombros de mi amigo que esperaba parado abajo. Entonces alguien desde la tribuna me agarró de las muñecas, se estiró, dobló la cintura hacia delante y se agachó sobre el muro para dejarme descender medio metro más. Mis pies llegaron a los hombros de mi amigo, y de ahí saltar al piso fue una pasada.
Saltamos y corrimos hacia la cancha rodeada por una red de alambres difícil de traspasar si no fuera por un agujero mediano que permitía un pasaje poco convencional al pasto. Cuando me tocó pasar me agaché para entrar en el orificio y se me enganchó la blusa blanca en el alambre. Alguien se acercó a desprender la tela y cuando me soltó empecé a correr por el césped hacia el escenario. Corrí, corrí, y llegué frente a la negra Sosa agitada, con la blusa arruinada y alguna raspadura (¡Los huesos todos en su lugar! ¡Sólo a los 17!).
Mercedes Sosa
(San Miguel de Tucumán, 9 de julio de 1935 – Buenos Aires, 4 de octubre de 2009)
Para descender sobre los noventa grados de cemento levanté un pie y después el otro para dejarme colgar pegada al muro. Me sostuve con las manos, prendida del borde, con el cuerpo extendido pegado sobre el cemento liso, pero el muro era muy alto y mis pies no alcanzaban los hombros de mi amigo que esperaba parado abajo. Entonces alguien desde la tribuna me agarró de las muñecas, se estiró, dobló la cintura hacia delante y se agachó sobre el muro para dejarme descender medio metro más. Mis pies llegaron a los hombros de mi amigo, y de ahí saltar al piso fue una pasada.
Saltamos y corrimos hacia la cancha rodeada por una red de alambres difícil de traspasar si no fuera por un agujero mediano que permitía un pasaje poco convencional al pasto. Cuando me tocó pasar me agaché para entrar en el orificio y se me enganchó la blusa blanca en el alambre. Alguien se acercó a desprender la tela y cuando me soltó empecé a correr por el césped hacia el escenario. Corrí, corrí, y llegué frente a la negra Sosa agitada, con la blusa arruinada y alguna raspadura (¡Los huesos todos en su lugar! ¡Sólo a los 17!).
Mercedes Sosa
(San Miguel de Tucumán, 9 de julio de 1935 – Buenos Aires, 4 de octubre de 2009)
domingo, septiembre 20, 2009
Páginas en blanco
Tengo pereza de transcribir lo escrito a mano en la computadora. Y también pocas ganas de meterme de nuevo en la historia que está ahí en ese cuaderno, sin terminar, con el final escrito en mi cabeza, es decir, inexistente hasta que esas palabras salten al papel. Quién sabe si logran ser palabras y no sólo imágenes mentales. Quizá hay que dejarlas, tirarlas ahí a ver cómo caen, como estas otras fichas desacomodadas que acarreo conmigo. Como no tengo ganas de volver sobre lo escrito, de corregir o de reescribir, vuelvo a esta página en blanco que casi siempre me cobija.
Creí ver en la calle a un viejo amigo pasear a su perro. Sonreí de lejos, con la mirada bailoteando holas, pero no era, creo, y seguí de largo hacia el supermercado. Caminé y dudé. ¿Acaso no nos reconocemos? O seguimos de largo por esa pereza de volver al pasado cuando salimos a caminar, con perro y sin perro, con la esperanza de encontrarnos en la esquina con una página en blanco.
Creí ver en la calle a un viejo amigo pasear a su perro. Sonreí de lejos, con la mirada bailoteando holas, pero no era, creo, y seguí de largo hacia el supermercado. Caminé y dudé. ¿Acaso no nos reconocemos? O seguimos de largo por esa pereza de volver al pasado cuando salimos a caminar, con perro y sin perro, con la esperanza de encontrarnos en la esquina con una página en blanco.
Etiquetas:
Periquete
martes, agosto 18, 2009
Carreras y paseos
La gente desaparece. Hoy N se sintió mal, se acostó en la cama y murió. La parca no deja de asombrarme con sus visitas inesperadas e inoportunas. Se lleva a otros y a mí me sacude para apegarme más a la vida en cierto estado de alerta, como si tuviera que correr para que no alcance a nadie más, o apurarme para que los minutos no se pierdan. En este momento esa alerta se traduce en una firme vigilia que dada la hora podría llamarse insomnio.
La ilusión también desaparece. Curiosamente basta una mentira, una falsa disculpa o cierta cuota de hipocresía. (Defiendo a capa y espada la realidad de una ilusión, por lo cual no hay contradicción en afirmar que lo falso tapa a lo soñado). Entonces, sin esperanza por concretar el sueño, la desilusión me transporta a un lugar donde la gente camina a gusto sin ropa frente a los espejos. Y ando sin apuro por salir de ahí –hacia la puerta que se abriría con el hábil manejo del arte de la simulación- como si fuera una niña con todo el tiempo del mundo.
En esta carrera con la parca y en estos paseos entre espejos encuentro plenitud y reencuentro a la esperanza.
La ilusión también desaparece. Curiosamente basta una mentira, una falsa disculpa o cierta cuota de hipocresía. (Defiendo a capa y espada la realidad de una ilusión, por lo cual no hay contradicción en afirmar que lo falso tapa a lo soñado). Entonces, sin esperanza por concretar el sueño, la desilusión me transporta a un lugar donde la gente camina a gusto sin ropa frente a los espejos. Y ando sin apuro por salir de ahí –hacia la puerta que se abriría con el hábil manejo del arte de la simulación- como si fuera una niña con todo el tiempo del mundo.
En esta carrera con la parca y en estos paseos entre espejos encuentro plenitud y reencuentro a la esperanza.
Etiquetas:
Periquete
lunes, agosto 10, 2009
Desencuadre
La imagen llega de a poco como si el fogonazo me hubiera cegado y tuviera que refregarme los ojos para entender dónde estoy. Ese dibujo me saca del lienzo y me hace pequeña como una ninfa que se sostiene al cuadro colgando de una hilacha que se estira mientras la tela se desarma. Sería lo mismo desaparecer de un pincelazo pero yo me deshilacho. Me cargo de aquellos colores y caigo como una gota de óleo que empuja al hilo con su propio peso. No sé que es lo que sujeta el marco, pero no es a mí. Yo estoy acá en este nudo silencioso y colorido que no tiene lienzo donde nacer.
Etiquetas:
Periquete
jueves, julio 30, 2009
Pedacitos del ser
Hay algo que nos hace ir y venir, cruzarnos, distanciarnos y, a pesar de todo, seguir encontrando de cuando en cuando pedacitos de nosotros en los otros que se fueron por ahí. Entonces capaz que lo que somos no está en un lugar, en una actividad, en un tiempo definido o en lo que nos devuelve la mirada de alguien en particular. Somos repartidos en pedacitos de alma que vamos dejando en unos y otros. Soy esta que escribe aquí, aquella que está allá, soy la misma que habla y a la vez entiende que hay que callar. Soy cada vez que me recordás, cada vez que pensás en mí, y también soy -aunque más triste- todas las veces que me olvidás.
Etiquetas:
Periquete
martes, julio 28, 2009
Desde el molino
No me gusta el olor a gas, ni a nafta, el del coliflor o el bacalao. Me gusta el olor del sol cuando calienta en la ropa que está en la cuerda y el olor al pasto recién cortado, entre tantos. Pero hasta hoy no se me había ocurrido atender a otros aromas, como el de la harina. No me refiero a la harina cocida en el horno de pan, sino a la blanca y cruda que se desparrama y flota en el aire. A la que ponés en el palote, o entre las manos para que no se te pegue la masa. Conocí a alguien que tiene debilidad por el olor de la harina, y duerme entre los sacos enormes de arpillera en donde almacenan la fécula las panaderías. Visita a diario las fábricas de pasta, saca número y mientras espera turno inhala bien hondo. Se va cuando atienden al número que lo antecede. Mientras me contaba su afición por ese perfume seco, el color blanco nos rodeó y sólo quedaron sus lindos ojos delante de mí. Tan lindos que me zambullí (con zeta). Nadé un rato en la ternura de su mirada pero no puedo asegurar que me estuviera viendo. Entonces salí, y con el agua de sus ojos en mi cuerpo me tiré en la harina que nos rodeaba y me hice milanesa, como los niños en la playa. Él me olió, me agarró de la mano y me abrazó.
Etiquetas:
Periquete
Suscribirse a:
Entradas (Atom)