Fui a una especie de selva, donde los colores y las texturas me acariciaban. Caminé por un túnel ancho lleno de verde y ramas en los pisos, con un aire tibio en el que me transportaba feliz. El túnel tenía varios pasajes, con grandes puertas hechas de hojas, ramitas, de especies jamás vistas. Pura vegetación. Me crucé con pocas personas. Seguí andando, atravesé tres de estas grandes puertas para llegar a un espacio donde apareció el cielo, y al costado una gran laguna azul que reflejaba el sol con intensidad. Al costado de la laguna, sobre un barranco, una familia de animales de pelo brillante, negro, bastante peludos, miraba el agua con tranquilidad. Me vieron llegar, me observaron sin moverse, y no hicieron nada. Caminé a su lado y me senté con ellos a mirar el agua.
PD: Quiero seguir soñando hasta que termine el invierno en Montevideo.
martes, junio 30, 2009
lunes, junio 29, 2009
Ejercicio para dejar de leer el horóscopo
El color del ... veo escritas estas palabras en la pantalla y no sé cómo llegaron ahí porque me había sentado a escribir sobre el horóscopo. Me distraje un momento, miré al costado -a la granola que está dentro de una vasija de barro- y al mismo tiempo tecleé. Luego agarré un montoncito de granola con los dedos, los acomodé en el medio de la palma y me los llevé a la boca. Empecé a masticar y leí: “El color del”...
El color del invierno es gris, y su textura es pegajosa. El agua se pega en las baldosas y en las paredes donde brota como pequeñas gotitas de sudor. El color del viento es negro. Llega con voz grave y hace gritar a los vidrios, a las ramas del árbol y al pequeño gnomo que vive apretado por los latidos de mi interior. La lluvia, sin embargo, no tiene color. Es fría y cae sobre las mismas paredes y baldosas. También cae sobre mi piel que se pone pálida en invierno y que a veces, cuando el gnomo sopla desde adentro, se oscurece.
En montoncitos chiquitos me comí toda la granola, y el horóscopo de julio todavía no fue publicado. Tengo que dejar de leer el horóscopo. Me lo he dicho muchas veces. Dejar de leerlo es no mirar tanto hacia adelante, es no perder más tiempo en intentar descifrar lo desconocido, es estar más en el presente. Aunque sea otro invierno más en Montevideo.
El color del invierno es gris, y su textura es pegajosa. El agua se pega en las baldosas y en las paredes donde brota como pequeñas gotitas de sudor. El color del viento es negro. Llega con voz grave y hace gritar a los vidrios, a las ramas del árbol y al pequeño gnomo que vive apretado por los latidos de mi interior. La lluvia, sin embargo, no tiene color. Es fría y cae sobre las mismas paredes y baldosas. También cae sobre mi piel que se pone pálida en invierno y que a veces, cuando el gnomo sopla desde adentro, se oscurece.
En montoncitos chiquitos me comí toda la granola, y el horóscopo de julio todavía no fue publicado. Tengo que dejar de leer el horóscopo. Me lo he dicho muchas veces. Dejar de leerlo es no mirar tanto hacia adelante, es no perder más tiempo en intentar descifrar lo desconocido, es estar más en el presente. Aunque sea otro invierno más en Montevideo.
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Periquete
sábado, junio 27, 2009
"No llamen a nadie"
Me acosté y metí la cabeza adentro de las sábanas porque el frío era intenso y se sentía en el aire del cuarto al respirar por más que había prendido la estufa un rato. Ahí adentro, entre el calor y la falta de oxígeno empecé a dormitar. Creo que hasta me dormí porque me sobresaltaron los golpes en la puerta de calle. Eran golpes fuertes y repetidos, insistentes. Salté de la cama, me tapé con una ruana, agarré el celular y corrí hacia la puerta preguntando ¿quién es? ¿qué pasa?. Los golpes no cesaban. El reloj del teléfono marcaba más de la una de la mañana. Hablé más fuerte junto a la puerta ¡¿quién es?! Los golpes pararon. Es la policía, me respondieron. Por favor, abra. Acerqué el ojo a la mirilla sin la menor intención de abrir la puerta. Pero vi que había mucha gente en el pasillo del edificio. Y las voces me explicaron algo sobre una vecina que se había caído.
Abrí la puerta y había tres policías frente a mí que me hablaron muy rápido, y dijeron que tenían que entrar a mi casa porque la vecina se había caído y querían ver por dónde podían entrar a la casa de ella. Estaban las puertas de otros dos apartamentos abiertas y los respectivos vecinos en el corredor. También estaba en el pallier la parejita que vive abajo. Ante ese panorama se me prendió el sistema automático de ayuda al vecino y los dejé entrar, les corrí el sillón que está pegado a la ventana y en dos minutos todos los policías estaban en el living de casa mirando por la ventana enrejada que no les permitía pasar. “La otra opción es ir por la azotea”, les sugerí. “Ah, por ahí no. Vamos a tener que llamar a los bomberos”. Los bomberos también tenían que rescatar a uno de sus colegas que había saltado con éxito desde el balcón de la vecina del frente para llegar al balcón de la vecina caída, pero no pudo entrar a la casa y tampoco pudo saltar de regreso. Así que estaba ahí, en el balcón, con el frío de esa madrugada.
La parejita que vive abajo había escuchado el golpe de la caída, y los gritos de la vecina pidiendo ayuda. Subieron enseguida y tocaron timbre, golpearon la puerta, pero nadie los atendió. Entonces, decidieron llamar a la policía. Y con la policía fueron despertando a todos los vecinos del piso. "¿No es más fácil tirar la puerta abajo?" sugirió alguien al policía que no quería ir desde la azotea. "No podemos, necesitamos una orden judicial. Tienen que ser los bomberos". Mientras no llegaban los bomberos, la policía nos preguntó por la familia de la señora, que cuántos años tiene, pero no sabíamos mucho, casi nada. Sólo lo que vemos y eso no te dice tanto de la persona en sí sino de la propia vista llena de lentes y mirillas. Mi vecina tiene el pelo rubio, larguísimo, y es muy flaca, demasiado flaca. Camina con dificultad, y sube las escaleras despacio. Habla lento y fuerte como si estuviera dopada. A veces grita y protesta. No dice estupideces, pero su aspecto de rara desacredita sus palabras. Más que nada tiene el aspecto de una persona enferma. De ahí la preocupación de todos por su caída. Con la llamada a los bomberos se hizo una llamada a la ambulancia.
Los bomberos fueron rápidos. Aparecieron con un equipito para abrir puertas –básicamente un martillo enorme y un fierro como para hacer palanca- y en cuatro golpes muy escandalosos la puerta se abrió. Los policías entraron y le dijeron al que quedó en la puerta: Que nadie entre. Los vecinos quedamos afuera, y escuchamos: “Que venga la ambulancia, está con vida”. Los bomberos se aprontaron como para irse, pero el policía que estaba en la escalera les dijo: Falta el colega. ¿El colega?, preguntó el bombero y todos lo acompañamos con la mirada de quien dice ¡¿qué colega?!. El que está en el balcón, recordó el policía. Ahhhhh, dijimos todos sin disimular sonrisas.
La ambulancia demoraba, y los policías no decían mucho mientras tomaban declaraciones a los vecinos.
- ¿Nombre?
- Fulano de tal.
- ¿Estado civil?
- “Casado, o separado”, no sé que debe poner, ponga lo que prefiera le contestó el nuevo vecino de la esquina.
Al mismo tiempo otros policías buscaban la cédula de la vecina caída, algún teléfono de un familiar o alguien conocido. Revisaron su cartera delante de todos nosotros, para que seamos testigos de que no faltara nada. Me sentí incómoda por la repentina invasión a la intimidad de la vecina rara, aunque fuera motivada por un pedido de auxilio. Algunos detalles de su vida salieron de su cartera y de su casa en las palabras que escuché esa madrugada. Cosas de esas que no se comentan.
¿Quién les pidió ayuda? Repetió enojada la vecina que ya no estaba caída, váyanse dijo primero a los policías, y luego a los médicos cuando al fin llegaron. No dio nombres, no firmó nada, y no paró de protestar. Después de un rato de pelear con policías y doctores, por ninguno de los cuales mostró simpatía, preguntó en voz fuerte quién de todos los vecinos fue el que llamó a la policía. Los vecinos entramos a recular mirando a los culpables, que se acercaron a ella explicándole que se habían preocupado por el golpe, por los gritos. La voz de la vecina no mostró un atisbo de agradecimiento. No tienen que llamar a nadie. No llamen a nadie. A nadie.
Bueno, dije, me retiro, les digo hasta mañana. Hasta mañana contestaron algunos. Entré a casa y puse agua a calentar. Hacía tanto frío como en la madrugada de hoy. Me preparé un té mixto. Lo tomé, y volví a la cama.
Abrí la puerta y había tres policías frente a mí que me hablaron muy rápido, y dijeron que tenían que entrar a mi casa porque la vecina se había caído y querían ver por dónde podían entrar a la casa de ella. Estaban las puertas de otros dos apartamentos abiertas y los respectivos vecinos en el corredor. También estaba en el pallier la parejita que vive abajo. Ante ese panorama se me prendió el sistema automático de ayuda al vecino y los dejé entrar, les corrí el sillón que está pegado a la ventana y en dos minutos todos los policías estaban en el living de casa mirando por la ventana enrejada que no les permitía pasar. “La otra opción es ir por la azotea”, les sugerí. “Ah, por ahí no. Vamos a tener que llamar a los bomberos”. Los bomberos también tenían que rescatar a uno de sus colegas que había saltado con éxito desde el balcón de la vecina del frente para llegar al balcón de la vecina caída, pero no pudo entrar a la casa y tampoco pudo saltar de regreso. Así que estaba ahí, en el balcón, con el frío de esa madrugada.
La parejita que vive abajo había escuchado el golpe de la caída, y los gritos de la vecina pidiendo ayuda. Subieron enseguida y tocaron timbre, golpearon la puerta, pero nadie los atendió. Entonces, decidieron llamar a la policía. Y con la policía fueron despertando a todos los vecinos del piso. "¿No es más fácil tirar la puerta abajo?" sugirió alguien al policía que no quería ir desde la azotea. "No podemos, necesitamos una orden judicial. Tienen que ser los bomberos". Mientras no llegaban los bomberos, la policía nos preguntó por la familia de la señora, que cuántos años tiene, pero no sabíamos mucho, casi nada. Sólo lo que vemos y eso no te dice tanto de la persona en sí sino de la propia vista llena de lentes y mirillas. Mi vecina tiene el pelo rubio, larguísimo, y es muy flaca, demasiado flaca. Camina con dificultad, y sube las escaleras despacio. Habla lento y fuerte como si estuviera dopada. A veces grita y protesta. No dice estupideces, pero su aspecto de rara desacredita sus palabras. Más que nada tiene el aspecto de una persona enferma. De ahí la preocupación de todos por su caída. Con la llamada a los bomberos se hizo una llamada a la ambulancia.
Los bomberos fueron rápidos. Aparecieron con un equipito para abrir puertas –básicamente un martillo enorme y un fierro como para hacer palanca- y en cuatro golpes muy escandalosos la puerta se abrió. Los policías entraron y le dijeron al que quedó en la puerta: Que nadie entre. Los vecinos quedamos afuera, y escuchamos: “Que venga la ambulancia, está con vida”. Los bomberos se aprontaron como para irse, pero el policía que estaba en la escalera les dijo: Falta el colega. ¿El colega?, preguntó el bombero y todos lo acompañamos con la mirada de quien dice ¡¿qué colega?!. El que está en el balcón, recordó el policía. Ahhhhh, dijimos todos sin disimular sonrisas.
La ambulancia demoraba, y los policías no decían mucho mientras tomaban declaraciones a los vecinos.
- ¿Nombre?
- Fulano de tal.
- ¿Estado civil?
- “Casado, o separado”, no sé que debe poner, ponga lo que prefiera le contestó el nuevo vecino de la esquina.
Al mismo tiempo otros policías buscaban la cédula de la vecina caída, algún teléfono de un familiar o alguien conocido. Revisaron su cartera delante de todos nosotros, para que seamos testigos de que no faltara nada. Me sentí incómoda por la repentina invasión a la intimidad de la vecina rara, aunque fuera motivada por un pedido de auxilio. Algunos detalles de su vida salieron de su cartera y de su casa en las palabras que escuché esa madrugada. Cosas de esas que no se comentan.
¿Quién les pidió ayuda? Repetió enojada la vecina que ya no estaba caída, váyanse dijo primero a los policías, y luego a los médicos cuando al fin llegaron. No dio nombres, no firmó nada, y no paró de protestar. Después de un rato de pelear con policías y doctores, por ninguno de los cuales mostró simpatía, preguntó en voz fuerte quién de todos los vecinos fue el que llamó a la policía. Los vecinos entramos a recular mirando a los culpables, que se acercaron a ella explicándole que se habían preocupado por el golpe, por los gritos. La voz de la vecina no mostró un atisbo de agradecimiento. No tienen que llamar a nadie. No llamen a nadie. A nadie.
Bueno, dije, me retiro, les digo hasta mañana. Hasta mañana contestaron algunos. Entré a casa y puse agua a calentar. Hacía tanto frío como en la madrugada de hoy. Me preparé un té mixto. Lo tomé, y volví a la cama.
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jueves, junio 25, 2009
Hogar dulce hogar
Mi casa está sufriendo transformaciones. Estoy empezando a habitar el lugar de una manera distinta, como si pensara quedarme un tiempo. Aunque viví casi ocho años en otro apartamento mi relación con el lugar tenía algo de tránsito, y ese mismo vínculo ha seguido en este año y medio en el que estoy acá. Ahora decidí hacer algo con esto, y pedí ayuda a mi cuñada y sus socias, las arquitectas. Ellas aceptaron mirar el departamento y darme ideas.
Mi cuñada se fue con las llaves de mi casa y sus compinches a mi casa mientras yo salía del trabajo. Estuvieron un rato, no sé cuanto exactamente, pero un buen rato porque volví a casa caminando. Cuando entré casi había olvidado que iban a estar ahí. Y entré a una casa en estado cercano a una mudanza. Las tres llegaron con gran energía, se entusiasmaron y entraron a mover las fichas del tablero. Primero, dijeron, hagamos algo con lo que hay adentro. Cambiaron casi todos los muebles de lugar. Encontraron lugares que yo no había visto en mi propia casa. Con los mismos muebles, la casa ahora está más grande. Hay más espacio.
De sus sugerencias armamos una lista de las cosas que podría hacer en casa, a las que ahora debo poner prioridad. Me siento como en ese programa de People & Arts que la gente entra y te hace una casa nueva sin moverte del lugar. Está bueno cambiar. Y también está bueno dejar que otros te cambien.
Mi cuñada se fue con las llaves de mi casa y sus compinches a mi casa mientras yo salía del trabajo. Estuvieron un rato, no sé cuanto exactamente, pero un buen rato porque volví a casa caminando. Cuando entré casi había olvidado que iban a estar ahí. Y entré a una casa en estado cercano a una mudanza. Las tres llegaron con gran energía, se entusiasmaron y entraron a mover las fichas del tablero. Primero, dijeron, hagamos algo con lo que hay adentro. Cambiaron casi todos los muebles de lugar. Encontraron lugares que yo no había visto en mi propia casa. Con los mismos muebles, la casa ahora está más grande. Hay más espacio.
De sus sugerencias armamos una lista de las cosas que podría hacer en casa, a las que ahora debo poner prioridad. Me siento como en ese programa de People & Arts que la gente entra y te hace una casa nueva sin moverte del lugar. Está bueno cambiar. Y también está bueno dejar que otros te cambien.
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